Archivado en: como agua entre los dedos... el amor

Yo ya sé cuál es el mío… ¿y el tuyo?
Yo sé que estás.
Aquí, allí, soplando, empujando, recordando, impulsando, queriendo, amasando, mirando, tocando, o tan sólo estando.
Sé que estás conmigo.
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Con las alas del alma desplegadas al viento,
desentraño la esencia de mi propia existencia
sin desfallecimiento, y me digo que puedo
como en una constante
y me muero de miedo, pero sigo adelante.
Con las alas del alma desplegadas al viento,
porque aprecio la vida en su justa medida
al amor lo reinvento, y al vivir cada instante
y al gozar cada intento, sé que alcanzo lo grande,
con las alas del alma desplegadas al viento.
Con las alas del alma desplegadas al viento,
más allá del asombro me levanto entre escombros
sin perder el aliento
y me voy de las sombras con algún filamento
y me subo a la alfombra con la magia de un cuento.
Con las alas del alma desplegadas al viento,
atesoro lo humano cuando tiendo las manos
a favor del encuentro por la cosa más pura,
con la cual me alimento por mi pan de ternura,
con las alas del alma desplegadas al viento.
Con las alas del alma desplegadas al viento,
ante cada noticia de estupor, de injusticia,
me desangro por dentro
y me duele la gente, su dolor, sus heridas,
porque así solamente interpreto la vida.
Con las alas del alma desplegadas al viento,
más allá de la historia, de las vidas sin gloria, sin honor ni sustento
guardaré del que escribe su mejor pensamiento
quiero amar a quien vive con las alas del alma
desplegadas al viento, al viento, al viento…
Eladia Blázquez (por Olga Guillot)
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La noche sosegada en par de los levantes de la aurora,
la música callada, la soledad sonora,
la cena que recrea y enamora.
Juan de la Cruz.
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El lunes de nuevo a trabajar. Ya Córdoba se ha llenado del ritmo de quienes volvieron de sus vacaciones, de quienes no tienen vacaciones, de quienes no las tendrán… se amontonan en el centro de la ciudad, esas benditas sendas peatonales donde convivimos todos, la calle San Martín, ahora llamada el “shopping de los pobres”; espacio público, donde es posible cruzarte con quien nunca hubieras pensado, aquel compañero de la primaria, aquel pariente que hace tantos años no ves…
En el medio, la plaza San Martín, donde tantos vamos a sentarnos un rato simplemente a mirar quién pasa, a disfrutar ver a los chicos jugando, a los ancianos caminando lentamente, a los abanderados de la dignidad que caminan alrededor de la estatua central con sus banderas de denuncia, asi sean cientos, decenas, o tan solo ocho… esa plaza con variedad de árboles, con lapachos…
El lunes me toca volver al ritmo normal. Retomar esa especie de melodía de mi cotidianeidad docente. Las luchas, las broncas, las alegrías, las anécdotas, las risas de algunas clases y del recreo, los cansancios, las madrugadas, esas historias que vamos entrelazando grandes y chicos, esas sorpresas a la vuelta de la esquina, la oportunidad de festejar y alentar los nuevos amores de mis alumn@s… las ocasiones de poder acompañar algunos dolores, el desafío de impulsar que otros gusten el asombro de encontrar llaves de un conocimiento liberador y esperanzador…
Después de todo (porque estas vacaciones están muy, muy buenas…), ¡qué bueno retomar el trabajo!
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Hoy, que pasamos tanto tiempo juntas, decidí dejarte ahí dormida entre mis sabanas blancas (las que estrenamos juntas) y escribirte un poco. Para que lo veas mañana, un rato después de despertar.
Te dije que iba a volcar en mi bitácora eso de que me estás habitando. Irremediablemente estás aquí, dentro, todo el tiempo, te instalaste sin que me quede derecho al desalojo. Sacaste los cercos sin violencia, con esa delicadeza que te caracteriza, con ese respeto que me atrajo desde el principio. Te apropiaste del sitio que estaba vacío, sin más, sin explicaciones, incluso sin palabras. Entraste aquí sin darte cuenta! Tan despistadamente, tan distraídamente de tu parte… sin imaginar siquiera que te estaba mirando, buscando, deseando. Y yo que intentaba llamar tu atención de las maneras más … ¿cursis?
Mi cuerpo habla de vos. Mi oído se ha curado de tanto escucharte, “milagrosamente”, a decir de mi médico.¡Es que tengo unas ganas de vivir! Ya te lo dije muchas veces. Y la sonrisa que no se me quita de la cara. Y la luz en mis ojos que no se apaga.
Sí, ya sé, todo suena taaaaaan lindo… tan tontas que estamos… Hemos empobrecido nuestro vocabulario, otrora tan rico, a un 11 %… a tres frases… a dos verbos… ¡Horas diciéndonos las mismas cosas!
Es que personas como nosotras, tan “intelectualmente dotadas” (juaaaaaaa!!!!!) nos merecíamos largamente una historia como la nuestra, que comenzó así, casi como un juego, despojada de metáforas, desnuda de discursos, repleta de risas, simple.
Después, quizás, llegarán tiempos en que se asiente un poco todo, en que recuperemos algunos de nuestros comportamientos habitualmente cuerdos. Mientras tanto, mientras dormís, dejame disfrutarte así.
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El mejor vino no es necesariamente el más caro, sino el que se comparte.
Georges Brassens.
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Encontré esta foto, por ahí. Tiene, justamente, ese título…
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La tomé en mis manos, la vi, la leí una y diez veces, la olí, la abracé, la besé y me quedé dormida con ella al lado.
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Abrí este blog para contar algunas cosas que me parecen interesantes de contar, pero sobre todo para contármelas a mi, releerlas mas adelante y captar algunos sentidos que ahora están velados. Siempre he tenido un diario personal, un cuaderno de tapas duras, donde he escrito libremente experiencias y su significado para mí. En esto de la blogosfera, es necesario encriptar algunas palabras y sucesos. Sin embargo, lo que voy narrando es real, asi veo yo la vida, y estas cosas me pasan.
He estado escribiendo sobre un milagro que está ocurriendo en mí y en alguien más. No son sólo sueños. La estoy conociendo, tiene nombre y apellido, ojos, nariz, orejas, labios… diez dedos en los pies y otros tanto en las manos…
Su amor es distinto a otros. Su amor me cura. Con ella puedo imaginar la vida completa, la ternura, la delicadeza, el juego, contarnos nuestras historias sabiendo que del otro lado hay un cofre que las guardará cual tesoros incalculables. Puedo animarme a pensar que en el mundo algunas fronteras se pueden franquear sin más, sin forzar nada. Puedo también sentir un poco de fiebre por la pasión que me despierta, por los ecos que en mi cuerpo hacen sus palabras, sus te quiero, sus caricias cotidianas. Puedo quedarme en casa cantando mientras hago la “limpieza anual” dela heladera y ella se va a hacer las compras, porque está vacía de tanto ocuparnos de otras cosas…
Creo que esto que escribo lo está escuchando, parece que el sonido se escapa de estas letras tecleadas en la intimidad de mi habitación. Creo que lo está escuchando, que se está dando cuenta, que en presente continuo… la estoy queriendo.
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Me ha tocado muchas veces entrar en sitios sagrados: he visitado muchas casas de mi gente, una familia muy sencilla de Asunción del Paraguay me ha dado abrigo unas noches, he escuchado muchas historias de personas que se me han confiado, he compartido la alegria de varios nacimientos, he acompañado a jóvenes en sus búsquedas, he contemplado lugares insospechados de belleza, he estado en la Plaza de Mayo en Buenos Aires un 24 de marzo, sosteniendo la bandera que lleva los rostros de los 30.000 desaparecidos en la dictadura militar junto a las Abuelas y Madres, he disfrutado recitales de Mercedes Sosa (“la madre tierra”, le dicen algunos aquí), me han conmovido cartas de amor y amistad, he descubierto la alegría y la dignidad en el rostro de Ramiro, un joven de 22 años aprendiendo a leer, he recibido la última mirada de mi madre…
Ultimamente estoy entrando en otro sitio sagrado, quitándome las sandalias, descalza, como corresponde, como tiene que ser… en un sitio dentro mío y dentro de alguien más… un sitio en común que ha surgido entre las dos. Todavía no alcanzo a descifrar la experiencia.



Temor y temblor es lo que tengo frente a esto que está ocurriendo… temor y temblor en el sentido hebreo, temor que es respeto reverencial por lo que está más allá de mí, de lo que pueda intuir, comprender. Temblor que es estremecimiento y asombro frente a lo nunca vivido pero buscado, deseado. Temblor que es gozo.




